Lo que te puede enseñar sobre el éxito una fotocopiadora abandonada


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«No he fallado. He encontrado 10.000 maneras que no funcionan.» – Thomas Edison

A veces, las mejores lecciones de la vida llegan en las situaciones más inesperadas. ¿Qué puede enseñarnos una fotocopiadora vieja y olvidada sobre el éxito? Esta historia real te hará reír, pero también te dejará una gran enseñanza: el éxito no es un don con el que se nace, sino algo que se aprende a base de intentos, errores y perseverancia.

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Mi amistad con Carlos en el instituto

De mi época de instituto ya ha llovido un rato, pero recuerdo con mucho cariño algunas experiencias que me llevaron a mis primeros aprendizajes en la vida adulta que estaba comenzando.

Carlos era uno de mis mejores amigos, y que conste que yo no uso lo de “mejor amigo” en balde: hay que ganárselo a pulso.

Carlos era un chico súper majo que a veces tenía ideas un tanto fantasiosas, pero la verdad, si no fantaseas cuando estás en el instituto, mal vamos…

La fotocopiadora

Con Carlos tengo varias anécdotas dignas de contar, pero hoy nos centraremos en la de la fotocopiadora. Hay otro Carlos (suscriptor, por cierto, de este blog) que me ha estado pidiendo durante mucho tiempo que cuente esta historia con moraleja, tipo cuento zen.

El caso es que la cosa tiene su miga y la vez que se la conté a Carlos (Carlos II el suscriptor, para diferenciarlo de Carlos I de España y V de Alemania) mientras tomábamos unas cervezas, estuvo descojonándose durante largo rato. No sé si es para tanto, porque gracia, en su momento, para mí no tuvo, pero hasta ahora la historia ha tenido bastante buena acogida cuando la he contado con unas cervezas.

Que conste que todo lo relatado en este post es totalmente verídico, doy fe de ello: yo estaba allí.

La historia en sí empezó una noche de sábado en el centro de Madrid. Carlos y yo íbamos en su coche por una zona de copas, buscando un sitio para aparcar cerca de alguno de los lugares de moda.

Mientras íbamos a la caza de aparcamiento, Carlos pegó un frenazo brusco al pasar junto a un contenedor de escombros de obra. Algo captó su atención al vuelo: una fotocopiadora que alguien había tirado en el contenedor. Carlos paró el coche en medio de la calle, de una sola dirección y un solo carril, haciendo esperar a los coches que venían detrás.

Carlos dijo que esa fotocopiadora tenía pinta de ser nueva, que posiblemente sería robada y que, por algún motivo, la habrían dejado finalmente en la basura. A mí su teoría me parecía que no se sostenía mucho: la fotocopiadora no parecía para nada nueva.

Carlos me animó a que nos metiéramos en el contenedor para examinarla mejor, ya que era de noche y no había mucha luz. Los coches que estábamos bloqueando empezaron a pitar impacientes.

Bueno, nos metimos en el contenedor e inspeccionamos la fotocopiadora. Era de tamaño considerable, de oficina, de esas de los años ochenta; no os imaginéis nada portátil. Carlos pareció estar seguro y dijo:

—Juan, nos la tenemos que llevar. Seguro que es robada y, si la devolvemos a su dueño, nos dará algo de dinero por el gesto.

Yo accedí a regañadientes. Esa fotocopiadora pesaba un huevo, no parecía nueva y, en el caso de que fuera robada, ¿cómo encontraríamos al dueño?

Una teoría que no se sostenía, un fantasioso decidido a llevarla a cabo y el tonto que hacía caso al fantasioso. Ahí estábamos los tres elementos de esta historia, sacando a duras penas, una fotocopiadora enorme de oficina mientras bloqueábamos por completo una calle del centro en pleno sábado por la noche.

En la central de Canon


Sabíamos que había una oficina central de la marca Canon en el Paseo de Extremadura. Carlos pensó que si la fotocopiadora era robada, podrían haber dado parte a la central. Nos fuimos allí el siguiente lunes con la fotocopiadora. ¿Para qué ir primero y preguntar, si podíamos ir cargando más de cincuenta kilos entre los dos?.

A la oficina le precedía una larga escalera, sin ascensor. Pero bueno, la subimos.

Preguntamos a la recepcionista si habían recibido algún aviso de robo, mientras nos secábamos el sudor. La recepcionista nos miraba a nosotros y a la fotocopiadora con cara de extrañeza. Se dirigió a llamar a un encargado y, después de algunas comprobaciones, nos dijeron que de robo nada, que esa fotocopiadora era muy antigua y que si estaba en un contenedor de basura, sería porque se lo merecía.

Me sentí aliviado. La aventura de acarrear semejante peso tocaba a su fin. Carlos debería darse por vencido… ¿o no?

Pues no. Desbaratado el plan A, Carlos tenía un plan B.

En la chatarrería


El plan B de Carlos era venderla al peso. Decía que el precio del metal estaba por las nubes y que nos sacaríamos una buena pasta por ella. Así que nos fuimos a una chatarrería del barrio, de nuevo aparcamos como pudimos y bajamos el aparato entre los dos.

El dueño de la chatarrería pesó la fotocopiadora y nos dijo que nos daba en dinero el equivalente para comprarnos un par de cervezas (y no muy grandes). Carlos discutió con él, diciendo que pesaba mucho, a lo que el dueño contestó que el precio del metal era una mierda y que, si queríamos ganar más, teníamos que llevarle alguna que otra tonelada, no una simple fotocopiadora.

Por segunda vez pensé: al fin, me voy a deshacer de esta pesadilla. Nos libramos del aparato y nos tomamos un par de birras.

Pero no. Carlos tenía un plan C…

En el poblado chabolista gitano

Carlos pensaba que el dueño de la chatarrería nos quería engañar por nuestra juventud, y que podríamos sacar mucho más dinero si se la vendíamos a un patriarca gitano que se dedicaba a la chatarra en un poblado chabolista cercano.

Allí que nos dirigimos con el coche. Entramos al poblado y preguntamos en varias chabolas por el patriarca. Nos indicaron y, al final, dimos con él. Estuvo muy agradecido cuando le dijimos que traíamos una fotocopiadora enorme para él.

Nos indicó que la dejáramos en un gran montón de chatarra que tenía a unos doscientos metros de la chabola. Así que, con mucho esfuerzo, cargamos el aparato hasta allí.

Después volvimos al patriarca para cerrar el trato.

—¿Cuánto nos das por ella, entonces? —preguntó Carlos.

—Nada —respondió el patriarca.

—¿Cómo que nada? Con ese peso vale una pasta, vas a hacer un buen negocio con ella.

—Qué va, no te creas. No vale gran cosa.

—Pues entonces nos la llevamos de nuevo —zanjó Carlos.

Con resignación, volvimos al montón de chatarra, desenterramos la fotocopiadora y, con el mismo esfuerzo con el que la habíamos llevado, la cargamos otra vez en el coche.

Yo, más que querer deshacerme del aparato, ya solo quería salir de allí sin una puñalada.

De vuelta a la chatarrería


Carlos ya no tenía más planes , por suerte para mí, y estábamos contentos de seguir ilesos. Volvimos a la chatarrería. Entramos cabizbajos, con mirada de derrota, mientras el dueño nos miraba con una sonrisa burlona.

Nos pagó, cogimos el dinero y nos fuimos a tomarnos dos cervezas. La segunda ronda la pagamos de nuestro bolsillo: el botín no dio para más.

Los negocios de Carlos


Durante varios años Carlos siguió inventando formas de hacer dinero. Se lanzó a algunas aventuras empresariales, pero todas salieron mal o regular. No parecía que tuviera buen olfato para los negocios.

Energía y perseverancia no le faltaban, pero parecía que fallaba en el criterio para elegir buenos negocios. Y ahí le perdí la pista y dejamos de vernos durante muchos años.

El reencuentro


Durante años pensé que, con sus ideas descabelladas y su extraña visión de los negocios, Carlos no llegaría muy lejos. Era el tipo que intentó vender una fotocopiadora de la basura y hacer un buen dinero. Para mí, no tenía olfato empresarial.

Pero hace algún tiempo que nos reencontramos y descubrí que Carlos es hoy un empresario de éxito internacional. ¿Cómo pasó de esos experimentos poco prometedores a liderar empresas de renombre?. Muy sencillo: no le importó experimentar y aprendió del resultado de sus experimentos.

El método que lleva al éxito se aprende, no es innato


Carlos no nació con un don para los negocios ni tenía una familia adinerada que le impulsara. Lo que sí tiene son tres cualidades muy valiosas: valentía para experimentar, perseverancia para intentarlo una y otra vez, y capacidad para aprender en el proceso. Mientras los demás seguíamos el camino “seguro”, él probaba cosas nuevas, muchas veces fracasando en el intento.

Cada error le enseñó qué no hacer. Con el tiempo, ajustó su enfoque, aprendió estrategias que funcionaban y, poco a poco, empezó a cosechar resultados.

La fórmula de la fotocopiadora para el éxito


La fórmula del éxito que nos enseña una fotocopiadora vieja es la siguiente:

Éxito = Valentía + Perseverancia + Capacidad de aprendizaje

E = V+P+C

Como el orden de los factores no afecta a la suma puedes convertirlo en E=PVC, y acordarte del famoso material, como regla nemotécnica.

Si se diera la circunstancia de que tus padres tienen un montón de pasta, pues oye, a nadie le amarga un dulce, pero de todas formas tendrás que saber cómo gestionar y conservar o multiplicar ese dinero. Aún con pasta, el conocimiento es importante.

La moraleja


Recuerdo cómo en el instituto pensaba que las habilidades empresariales eran innatas: o nacías con olfato para los negocios o estabas condenado a no entenderlos nunca. Carlos parecía ser de los segundos.

Pero años después, me di cuenta de mi error. Si alguien con ideas como las de la fotocopiadora logró convertir sus fracasos en lecciones y aprender a hacer las cosas bien, entonces significa que el éxito no es un privilegio de unos pocos iluminados. Se puede aprender.

Así que la próxima vez que pienses que algo “no es para ti” porque no tienes el talento natural, recuerda a Carlos y su evolución. Lo importante no es tener el olfato desde el principio, sino estar dispuesto a desarrollarlo. 🚀

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En definitiva, este es un espacio de exploración y reflexión para recorrer el camino “de loser a chooser” o, usando términos más españoles, “de pringao a alguien que elige su destino”.

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One response to “Lo que te puede enseñar sobre el éxito una fotocopiadora abandonada”

  1. Avatar de Jose L Cruz
    Jose L Cruz

    Muy bueno y totalmente de acuerdo.

    Nadie aprende a conducir con un coche aparcado.