«Si realmente quieres hacer algo, encontrarás la manera. Si no, encontrarás una excusa.» – Jim Rohn
Mi amiga no quería pagar el croissant

Ya sabes que me gusta ilustrar los conceptos con historias personales. En esta ocasión, le toca a mi amiga Y. salir a la palestra. Como en otras ocasiones, mantendré cierto anonimato para no poner el foco en nadie con nombres y apellidos.
El caso es que, durante una comida, mi amiga Y. me contó el proyecto que tenía junto a su marido: hacer una expedición hasta el campo base del Everest.
Mucha gente realiza esta expedición. Si consideramos subir al Everest como un reto de “primera división”, llegar al campo base podría parecer una minucia, pero no lo es. Puedes sufrir mal de altura, la ruta es muy dura (de 10 a 14 días de marcha) y el clima es extremo. El desafío no debe menospreciarse.
Es fácil criticar sentado en un sofá, igual de fácil que opinar sobre fútbol sin haber sido nunca un deportista profesional o ser crítico de teatro sin haber escrito una sola obra en tu vida.
Pues eso: subir al campo base del Everest no es ninguna broma. Mi amiga Y. me contó que, durante años, ella y su marido habían tenido este proyecto, pero que, por unas cosas o por otras, siempre terminaban posponiéndolo. Parecía que no tenían suerte y que la aventura se retrasaba una y otra vez por diversos motivos.
Entonces, Y. compartió conmigo una reflexión más profunda. Me confesó que, después de hablar con otra persona que sí había hecho la ruta, se había dado cuenta de algo importante. Le contaron que la travesía era realmente dura y que las condiciones para dormir distaban mucho de las de un hotel de cinco estrellas. Había chinches en las tiendas de campaña, el frío era intenso y la higiene no era precisamente un lujo accesible.
Tras esa conversación, Y. había reflexionado y comprendido que, en realidad, esta aventura era un sueño de su marido, pero no era el suyo. Había adoptado la idea como propia, pero, en el fondo, se había dado cuenta de que no le apetecía en absoluto: las incomodidades del viaje, la dureza del trayecto, los días sin ducharse… nada de eso la motivaba realmente.
Se había hecho patente algo crucial: de forma subconsciente, había estado saboteando el viaje sin saberlo. Se dio cuenta, primero, de que ese no era su sueño, sino el de su marido, y segundo, de que no estaba dispuesta a pagar el precio por hacerlo realidad.
Este trabajo de introspección lo hizo años después de haber estado posponiendo la aventura por motivos que parecían externos a la pareja. Sin embargo, la realidad era otra: se trataba de una historia de autosabotaje inconsciente. Y todo por una sencilla razón: no estaba dispuesta a pagar el croissant.
El significado de pagar el croissant

Pagar el croissant significa estar dispuesto a invertir dinero, esfuerzo, tiempo o incluso lágrimas para alcanzar ese objetivo que te has propuesto.
Mi amiga no quería hacerlo y, en consecuencia, perdió su tiempo y el de su marido. Proponerse metas sin estar dispuesto a pagar el precio nos lleva a sabotearnos a nosotros mismos y a los que confían en nosotros.
Y aquí surge otro problema desde una perspectiva diferente: debemos aprender a protegernos de aquellos que afirman que quieren algo, pero que, en realidad, no lo desean tanto. O mejor dicho, lo querrían si fuera gratis.
Si me preguntas si me gustaría hablar japonés, te diría que sí, por supuesto. Pero si eso implicara diez años de estudio arduo, la respuesta cambiaría: tengo otros objetivos más prioritarios. Ahora bien, si existiera una pastilla mágica que me hiciera hablar japonés al instante, entonces diría que sí sin dudarlo.
En mi caso, no quiero pagar el croissant del japonés.
Por eso, si queremos conseguir algo, debemos reflexionar y ser honestos con nosotros mismos y con quienes nos rodean. Y si somos de los que solemos ayudar a otros, debemos recordar lo que decía el Dr. House: todo el mundo miente.
O bien dejamos de ser tan ingenuos y creemos menos en las promesas ajenas, o empezamos a someter a los demás a una prueba sencilla antes de entregar nuestra ayuda tan generosamente.
Haz caso al Dr. House

Algo que descubrí hace mucho tiempo en una empresa donde trabajé es que, cuando alguien te pide algo, la mayoría de las veces no es realmente esencial para esa persona.
En esta empresa, que era bastante pequeña, se generaba mucho “colegueo” para conseguir favores que iban más allá de nuestras responsabilidades.
Con el tiempo, desarrollé una estrategia que me enseñó mucho sobre el comportamiento humano. Cuando alguien me pedía algo, nunca negaba mi ayuda. Simplemente respondía:
—Por supuesto, te hago ese informe. Envíame estos datos y me pongo con ello.
La clave era que siempre pedía algo a conciencia. Un requisito que implicara un mínimo esfuerzo por parte de la otra persona. No mucho, generalmente mucho menos esfuerzo del que me costaría a mí hacerle el favor.
Y la conclusión fue inapelable: el 99 % de las veces, esa persona nunca volvía a aparecer. Me ahorré hacer el 99% de los favores que me pedían. Nunca volvían con los datos, o con lo que fuera que les había pedido.
Mucha gente pide favores que en realidad no necesita. Si les pides que pongan un mínimo de su parte, aunque tú estés dispuesto a dar mucho más, simplemente dejan de insistir. Como dice mi padre: “Al Toma todo el mundo asoma”, pero si a ese “toma” le impones un mínimo de “dame”, entonces todo el mundo desaparece.
Por lo tanto, si eres de los que se ofrecen siempre a ayudar, deja de ser ingenuo. No te digo que no ayudes, sino que pongas a prueba a las personas. Aprenderás mucho sobre ellas.
Los monjes Shaolin sabían lo del croissant

Hace años, leí una historia sobre el templo Shaolin, cuna del Kung-Fu. No sé si es cierta o una leyenda, pero encierra una enseñanza profunda sobre la naturaleza humana.
Según esta historia, cuando un aspirante a discípulo llegaba al templo y llamaba a la puerta, nadie le abría. Podía insistir durante horas, pero no recibía respuesta.
Muchos desistían y se marchaban. Otros aguantaban varios días, hasta que también se rendían. Sin embargo, unos pocos perseveraban, y finalmente, un monje les abría la puerta.
Pero la alegría duraba poco: en lugar de como estudiantes de Kung-Fu, eran tratados como sirvientes. Pasaban meses, incluso años, limpiando y manteniendo el templo, sin recibir ni una sola lección de artes marciales.
Algunos no soportaban la explotación y se marchaban. Pero unos pocos aguantaban, hasta que finalmente un maestro les acogía y comenzaban su verdadero entrenamiento.
En su momento, esta historia me pareció un abuso. No entendí su propósito hasta que empecé a dar clases de Karate.
Un grupo de alumnos de la universidad Autónoma de Madrid, donde enseñaba, se me acercó un día. Querían entrenar más y mejorar su nivel competitivo. Me pareció una buena idea y organicé entrenamientos extra, además de diseñarles rutinas personalizadas.
Al principio, todo iba bien. Nadie me pagaba por ese esfuerzo adicional, pero la idea de compartir mi conocimiento con alumnos motivados me parecía suficiente recompensa.
Sin embargo, poco a poco empezaron a faltar a las clases. Luego, incluso a las regulares. Al final, suspendí todas las actividades extra y me limité a las clases oficiales.
Me sentí estafado, tanto esfuerzo invertido para nada….. Y entonces recordé la historia del templo Shaolin.
Sea o no cierta, contiene una lección poderosa: antes de ayudar a alguien, ponlo a prueba. Así distinguirás a los que realmente quieren pagar el croissant de los que solo están engañándose a sí mismos… y a ti.
Optimiza tus recursos

La conclusión es clara. El concepto de pagar el croissant tiene dos caras:
- Si te propones un objetivo, reflexiona primero. Visualiza qué esfuerzo requerirá y si estás dispuesto a asumirlo. Si la respuesta es no, abandónalo y busca otra meta.
- Si otros te piden algo, ponlos a prueba. Si no están dispuestos a dar lo mínimo, aprende a decir NO.
Así evitarás que te timen… y dejarás de timarte a ti mismo.
Ejercicio de introspección: ¿estoy dispuesto a pagar el croissant?

Aquí te dejo un ejercicio para manejar tus objetivos, espero que te resulte útil.
📌 Objetivo: Reflexionar profundamente si un deseo o meta es realmente tuya y si estás dispuesto a asumir el esfuerzo, incomodidad o sacrificio que implica.
📅 Frecuencia: Una vez a la semana o cuando te enfrentes a una decisión importante.
⏳ Duración: 20-30 minutos
1️ Conectar con el presente (3 minutos)
- Siéntate en un lugar tranquilo con los pies apoyados en el suelo y las manos sobre las rodillas.
- Cierra los ojos y lleva tu atención a tu respiración.
- Siente el peso de tu cuerpo en la silla y el contacto de tus manos con tus piernas.
- Realiza 5 respiraciones profundas, inhalando por la nariz y exhalando lentamente por la boca.
- Mantén en mente la pregunta: ¿Quiero realmente esto?
2️ Identificación del deseo o meta (5 minutos)
- Escribe en una libreta o mentalmente formula tu deseo de forma clara y concreta. Ejemplo: «Quiero emprender mi propio negocio.»
- Luego, responde a estas preguntas sin pensar demasiado, escribiendo lo primero que venga a tu mente:
- ¿De quién surgió esta idea? ¿Mía o de alguien más?
- ¿Qué me motiva realmente a querer esto?
- ¿Cómo me sentiría si nunca lo lograra?
- ¿Qué cambiaría en mi vida si lo consiguiera?
- ¿Estoy dispuesto a pagar el precio en tiempo, esfuerzo y sacrificios?
3️ Visualización kinestésica: Viviendo la experiencia (7 minutos)
- Opción 1: Visualización positiva (Si lo logras)
-
- Cierra los ojos e imagina que ya has logrado tu meta.
- Siente con detalle lo que experimentas: ¿Dónde estás? ¿Cómo es el entorno? ¿Cómo se siente tu cuerpo? ¿Qué emociones predominan?
- Imagina cómo se ha transformado tu vida y cómo se sienten las personas a tu alrededor.
- Opción 2: Visualización negativa (Si no lo intentas)
-
- Ahora imagina que han pasado 5 años y no hiciste nada por lograrlo.
- Observa cómo es tu vida sin haber dado el paso.
- ¿Sientes arrepentimiento? ¿Alivio? ¿Frustración?
Anota cualquier sensación o emoción que haya surgido.
4️ Prueba del Espejo (5 minutos)
- Ponte frente a un espejo y di en voz alta: «Estoy dispuesto a pagar el croissant por esto.»
- Observa tu lenguaje corporal:
- ¿Te sientes seguro o dudas al decirlo?
- ¿Notas tensión en tu cuerpo?
- ¿Tu expresión refleja emoción o incomodidad?
💡 Si sientes inseguridad o malestar, pregúntate: «¿Es porque tengo miedo o porque realmente no quiero esto?»
5️ Cierre y decisión final (5 minutos)
- Basado en lo que descubriste, elige una de estas opciones y anótala:
✅ Sí, pagaré el croissant: Escribe tres primeros pasos concretos que vas a dar en los próximos días.
❌ No, no quiero pagarlo: Acepta sin culpa tu decisión y enfócate en otra meta que sí te motive.
🤔 Aún tengo dudas: Repite este ejercicio en unos días o consulta con alguien de confianza.
Este ejercicio te ayudará a tomar decisiones más alineadas con tu verdadero deseo y a evitar autosabotajes. ¡Que disfrutes de tu introspección! 😊
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