¿Dónde estamos?

En el marco de Reality Lab, el programa en el que hablamos de ciencia y filosofía aplicadas a la vida cotidiana, hoy nos ocupamos del concepto de cisne negro: aquel evento muy raro que tiene un alto impacto. ¿Se puede considerar el apagón en España y Portugal como un cisne negro?
Cuando se apaga un país entero y se te calienta la cerveza

Me encontraba a las 12:33 de ese 28 de abril conectado de forma online a una reunión de trabajo, cuando de repente quedé desconectado de forma abrupta. El portátil continuó funcionando gracias a su batería, pero la pantalla a la que estaba conectado se apagó, indicando un corte eléctrico. Pensé que sería un corte de pocos minutos, como suele ocurrir ocasionalmente en mi zona. Sin darle mayor importancia, intenté conectarme a la reunión desde el móvil, pero tampoco funcionaba. Eso ya era más extraño, que no me funcionara tampoco la conexión móvil indicaba algo más serio.
Antes de perder toda conectividad por móvil, recibí un par de mensajes por WhatsApp, parecía tratarse de un apagón nacional que también afectaba a Portugal y algunas zonas de Francia. ¿Cómo podía ser?, un apagón tan masivo parecía imposible, se supone que las infraestructuras críticas tienen numerosas medidas de redundancia. Podría haberme puesto a especular sobre un ciberataque, una cadena de eventos inoportunos que llevan al caos, etc., pero preferí no sacar conclusiones hasta tener más información. Aunque durante un apagón nacional de tanta duración, eso no era fácil.
Durante ese día, seguí trabajando offline con mi portátil hasta que se agotó la batería. En ese momento, me puse a leer, y cuando me cansé, comencé a pensar que la situación podría durar más de lo que había anticipado. No esperaba que un apagón nacional se prolongara durante muchas horas, pero ya llevábamos tres o cuatro.
El apagón: ¿un drama, una vergüenza, una historia más que contar, un motivo de reflexión? ¿O todo eso a la vez?

¿Nerviosismo?, ninguno. ¿Ansiedad?, toda la que puedas tener por no poder calentar un café. Yo estaba tranquilo, y Susi, mi compañera de aventuras, tanto o más que yo.
Sin embargo, podía imaginar escenas de otras personas desesperadas: toda una generación de jubiladas sin poder ver su telenovela de después de comer; aquellos que quedaron atrapados en el ascensor de su edificio mientras subían a casa con un apretón y les caía un sudor frío; los que se quedaron sin conexión móvil justo cuando acababan de hacer un match en Tinder; varias generaciones de jóvenes, y no tan jóvenes, que comenzaron a experimentar síndrome de abstinencia a los cinco minutos de no estar online, etc.
La verdad es que no poder subir fotos poniendo morritos, ni grabar bailecitos o reproducir vídeos de aprendices a influencers, puede estresar a unos pocos.
Aunque en ese momento no me lo pareciera, sí era un auténtico drama para muchas personas. Incluyendo a aquellos que se quedaron atrapados en el tráfico al regresar del trabajo y a los servicios de emergencia que tuvieron un día más que agitado. Por cierto, una reflexión sobre los semáforos: cuando funcionan, muchos no los respetan, y cuando no funcionan, se quejan de que no están….
Pensándolo con más calma, creo que hubo tres grandes categorías de ciudadanos ese día: los que experimentaron un problema objetivo (y todavía pienso en esos atrapados en los ascensores con sudores fríos), los que sufrieron el apagón digital como un drama porque no saben qué hacer sin estar conectados, y un tercer grupo, en el que me incluyo yo, que decidió no juzgar y adoptar una actitud Zen frente a la situación.
Algunas cosas sí funcionaron: la energía se restableció por prioridades.

Independientemente de lo lamentable que pueda parecer que ocurriera un apagón energético total en nuestro país, a mí me pareció que algo sí funcionó con coherencia. La luz se fue reestableciendo por un estricto orden de prioridades. En mi pueblo, primero regresó a la calle de los bares. Y sí, si hay bares con luz y además con wifi, ¿quién quiere quedarse en casa leyendo después de tres o cuatro horas con el mismo libro?
Nos dirigimos a la zona de prioridad 1, la de los bares, según el plan de contingencia nacional, y de paso entramos en un bazar chino, que quedaba cerca, para comprar una linterna. Creo que compramos la última que quedaba, alrededor de las 20:00 horas.
Como veis, Susi y yo fuimos presa del pánico y, ocho horas después del apagón, empezamos a pensar que necesitaríamos algo para alumbrarnos esa noche, ya que todo nuestro kit de supervivencia consistía en unas rebanadas de pan de molde, 25 cervezas (ya calientes) y unas lonchas de jamón, eso sí, del bueno.
Comprada la linterna, nos dirigimos a un bar, el primero de la noche, y comprobamos que mis conciudadanos mantenían una actitud tan Zen como la nuestra. Las terrazas estaban llenas y todo parecía normal. Unos gritos de niños rompieron la tranquilidad; pensamos que pasaba algo, pero nos tranquilizamos al escuchar claramente lo que decían: “¡¡¡Bieeeen, mañana no hay inglés!!!”.
La invasión

En ese momento, aún nadie sabía cuál había sido la causa del apagón. Todas las hipótesis estaban sobre la mesa. Por tanto, me imaginaba a mí mismo, a Susi y a mis vecinos sorprendidos por un rayo láser alienígena, siendo pulverizados en unos pocos milisegundos sin oponer resistencia alguna. Después de cuatro tercios de cerveza 1906 no estás para correr, al menos en línea recta.
Pero más sorprendente habría sido la reacción de los extraterrestres. Pensarían que, después de ocho horas de iniciarse la invasión, se estaban encontrando grupos de cientos de humanos sentados alrededor de mesas de Mahou. ¿Sería ese un ritual para enfrentarse a la muerte?, ¿o tal vez las mesas de Mahou indicarían puntos de reunión de brigadas ciudadanas para orquestar un contraataque?. En ese instante estarían confundidos, lo que nos daría una oportunidad para la supervivencia.
No sabrían que, en la soledad del inmenso y frío cosmos, una especie, la terrícola asentada en la Península Ibérica, está tan curtida que no se sorprendería de ver naves nodrizas extraterrestres cubriendo los cielos de sus ciudades.
Después de una pandemia, la erupción de un volcán, de la Filomena, de la Dana de Valencia, del robo de cable en las líneas de alta velocidad, de descubrir que cuando nuestros políticos nos dicen que nuestros impuestos sufragan el “Estado del bienestar”, en realidad se refieren al “Estado del bienestar” suyo y de sus allegados, después de todo eso… si viéramos a extraterrestres bajar de un ovni, lejos de asustarnos, les invitaríamos a unas cervezas.
¿Fue el apagón un cisne negro?
Pues a mi juicio sí lo fue, pero primero tendría que contaros qué es un cisne negro, y también algunos conceptos asociados, como los de antifragilidad y puntos de equilibrio cóncavos y convexos. Mi intención era hablar de todo esto en el post de hoy, pero como habréis podido ver, la vena narrativa me ha superado esta vez. Dejaré lo sustancioso para la segunda parte de esta historia, que os contaré enseguida, si no se va la luz de nuevo, claro.
🔌 ¿Y si la mayor lección del apagón no fue tecnológica ni política, sino existencial? ¿Y si nuestra verdadera fragilidad no está en los sistemas eléctricos, sino en nuestra dependencia de ellos para sostener la ilusión de control?
En Reality Lab exploramos estas paradojas con la lupa de la ciencia, la filosofía y la percepción cotidiana. Porque a veces, una tarde sin electricidad revela más sobre nuestra especie que cien documentos técnicos.
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Una respuesta a «El apagón en España y Portugal: ¿Un cisne negro? (Primera parte)»
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