«Un día vas a perder hasta la manera de andar hijo». Si, esto es lo que me decía mi padre en mi época del cole y del instituto. Representa muy gráficamente el hecho de perder aquello que es imposible de perder. Pero a mí nada se me resistía, lo perdía todo. Perdí unos cuantos paraguas, un par de balones de baloncesto y alguna que otra chaqueta. No importaba que fuera invierno, me volvía sin chaqueta y sólo era consciente de que me la había dejado cuando en casa me preguntaban por ella.
Mi colofón fue un día que me fui con mi hermano a hacer la devolución de una sierra mecánica que había comprado mi padre y que no funcionaba bien. Nos fuimos los dos en el metro charlando de nuestras cosas, camino del centro comercial donde mi padre había comprado la sierra. Ésta embalada debía medir más de un metro ochenta. El caso es que cuando llegamos allí mi hermano y yo nos miramos y empezamos a partirnos de risa, porque nos habíamos ido con las manos en los bolsillos. La sierra se había quedado en casa, y habíamos atravesado media ciudad en metro sin darnos cuenta de nada, ¡ninguno de los dos!. Esta historia es totalmente verídica, y es en realidad una versión disléxica de lo que suele ocurrir, que es salir de casa con algo y volver sin ello.
¿Te suena esto?, espero que no, porque es un marrón, o mejor dicho un buen puñado de marrones. ¿Sabes cuánto tiempo cuesta deshacer cada entuerto (como diría mi querido Don Quijote)?. Si sumáramos a lo largo de nuestra vida todo el tiempo que nos hemos tirado buscando nuestras llaves de casa antes de salir, llamando a tu móvil con el de tu pareja porque ha decidido jugar al escondite, buscar tus gafas (no veas si es chungo buscar gafas sin usar gafas), llamar a un cerrajero porque tus llaves te las has dejado puestas por dentro, etc., nos daríamos cuenta de hasta qué punto necesitamos cambiar algo.
En mi caso, si hago el cálculo me doy cuenta de que ahora podría haber aprendido japonés y hablarlo perfectamente, o podría haber hecho los diez años de conservatorio y ahora sería un virtuoso del oboe, o podría haber alimentado a las palomas en el parque como los jubilados, y haber hecho reventar a cientos de ellas, porque un buen tiempo habría estado en el parque, y las cabronas se comen lo que les eches. Un sobresueldo como controlador de plagas me habría venido fenomenal.
Pero, ¿por qué ocurre esto?. Me he analizado a mí mismo y la conclusión a la que llegué en su momento es que nos ponemos en modo automático y mientras estamos haciendo algo estamos pensando en otra cosa, algo de lo que vas a hacer (del futuro) o algo que ya has hecho (del pasado). El presente se queda en modo automático, pero es en el presente donde la cagas.
Las acciones que haces en modo automático se registran en el subconsciente (sí, el de Freud), y muchas veces tu esfera consciente no es capaz de acceder a la unidad de memoria donde se registró dónde dejaste a tu perro y de quién es el carrito de niño que te has traído a casa. Eso sí, has fantaseado un montón sobre lo guay que te va a quedar el informe que tienes que presentar mañana, pero resulta que mañana no vas a presentar nada porque posiblemente estés en prisión preventiva por secuestro de menores.
Las secuelas pueden ser en el mejor de los casos un cúmulo de tiempo perdido buscando cosas que no encuentras, buscando a tu perro, etc., o puede ir más allá y convertirse en un drama. Sí, todos hemos leído casos de padres que se han dejado a sus niños en el coche, porque estaban pensando en una reunión, o en lo que sea. Sí, en el mejor de los casos es tiempo perdido, que nunca recuperaremos, pero puede ser peor.
Si no te vale esta perspectiva escucha otra, vivimos fuera del presente, muchas veces vivimos en nuestros recuerdos, rememorando cosas que han pasado y otras veces estamos fantaseando con el futuro, pero al final de nuestras vidas, ¿hemos vivido?, o no será que nos hemos movido más bien de forma automática por el espacio y el tiempo sin haber estado demasiado tiempo donde debíamos estar?: en el «ahora», el «ya», el «right now».
Por cierto, afortunadamente no todas las actividades permiten la desconexión consciente y entrar en modo automático. Quien hace escalada lo sabe, si haces algo potencialmente peligroso, nuestra mente no desconecta, estamos al 100% en el presente. Por eso algunas actividades son tan satisfactorias, porque desconectas de pasado y futuro, con sus preocupaciones y miedos, y podemos vivir el presente de forma intensa.
Afortunadamente los escaladores no entran en modo automático, si no, no podríamos pasear por la montaña sin ir esquivando gente que te cae alrededor como fardos. También afortunadamente los cirujanos viven en su momento presente (o eso quiero pensar), si no veríamos más casos en los periódicos de médicos que se dejan relojes y anillos dentro de pacientes, o veríamos transplantados con dos pies izquierdos.
Pues sí, hay actividades que permiten la desconexión y otras que no. Las que la permiten son un problema porque tienes que estar peleando con tu mente para permanecer centrado, sin divagar. Aquí es donde entra en juego el entrenamiento en mindfulness. Si somos capaces de hacer pasar todas las actividades por nuestra esfera consciente, las unidades de memoria donde lo guardaremos todo será accesible más adelante. Sabremos dónde dejamos nuestras cosas y no olvidaremos a nuestro perro, y si lo olvidamos recordaremos dónde.
Hay otras estrategias a seguir, una muy interesante es crear pequeños rituales, dejar las llaves siempre en el mismo sitio (no, en el microondas no), el móvil en un cajón (siempre el mismo), etc. La creación de pequeños rituales te ahorrará un montón de tiempo.
Por supuesto puede haber estrategias más toscas, como apuntarte cosas en la palma de las manos, pero requiere no lavártelas. Podrías solventar ese problema dejándote notas en las plantas de los pies (que seguramente te laves menos veces que las manos), pero requiere cierta flexibilidad de columna y posiblemente aprender a leer al revés cuando leas a través del espejo la lista de la compra.
Mucho se ha hablado de técnicas para aumentar nuestro performance, ya sea éste personal o profesional. Pero hay una cosa muy clara (yo al menos la tengo ya muy clara). La mejor forma de mejorar tu rendimiento en todas las facetas no es mejorar tu forma de hacer las cosas parar ser más productivo, es más fácil que todo eso, ¡empieza por dejar de cagarla!. Como decía un amigo mío de la universidad «no le pido a Dios que me ayude, ¡sólo le pido que no me joda!». Esto capta perfectamente la esencia de la cuestión, si dejamos de cagarla, SOLO CON ESO tendremos muchísimo tiempo adicional para dedicar a otras cosas y nuestro rendimiento se disparará, y hasta es posible que evitemos la cárcel.
He de decir que aún la sigo cagando, pero mucho menos que antes, y me he ido dando cuenta de todas estas cosas porque las he sufrido. Nadie es perfecto, yo no desde luego, pero sí he mejorado un montón y me siento capacitado para hablar de ello. El otro día fui a hacer la devolución de una tele y llegué al centro comercial con ella, me sentí muy orgulloso, me di una palmadita en el hombro.
Bueno, ya tenemos dos cositas en las que trabajar, la creación de pequeños rituales y el mindfulness. Sobre este segundo tema puedes leer en las siguientes sesiones de mi programa Shangri-Light. Echa un vistazo y ¡DEJA DE CAGARLA!.
Sesión 1. Domando al tigre interior: “Meditación vs Mindfulness” – Unveiling the reality
Sesión 2. Domando al tigre interior: “Anclaje” – Unveiling the reality

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