Entre osos en Alaska


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Sí, en Alaska hace rasca, que rime no es casualidad. Si quieres tener la piel tersa como un tambor pásate por aquellas latitudes. La gente que vive allí tiene la piel tan estirada que van todos por la calle con cara de sorpresa . Te quedas tan corto de pellejo que cuando bajas los párpados para dormir se te levantan los glúteos.

 Todo empezó viendo el documental «Grizzly man», que cuenta la historia real de un entusiasta de los osos que convivió con ellos varios años en la península de Katmai, Alaska. Realizó multitud de filmaciones interaccionando con ellos de formas alucinantes. Tenía la teoría de que tienes que mantener la autoridad ante un oso, como aquel que se hace valer ante los malotes de la cárcel el primer día que llega.

El documental es digno de ver. Era tal el entusiasmo del protagonista que enroló para la causa a su novia, que se le unió en sus viajes anuales. Los dos convivían con los osos durante varios meses al año, a miles de kilómetros de otros humanos. Pero al final la cabra tira al monte y los osos una noche se los zamparon, a los dos. Curioso el testimonio de uno de los vecinos del pueblo más cercano: «No me extraña que los osos se los hayan comido, lo que me extraña es que no lo hicieran antes».

Bueno, el caso es que después de ver ese documental me pareció buena idea elegir como destino Alaska para mis siguientes vacaciones. Como siempre Susi se vino conmigo, le pareció bien. Ni siquiera le pareció mala idea cuando mi hermana nos dijo: «¿Pero entonces me estáis contando que se os ha ocurrido ir a Alaska después de ver un documental en el que los osos se zampan a una pareja?». Nosotros no vimos ninguna objeción, al menos en ese momento.

Pues allí nos fuimos, aterrizamos en Anchorage, alquilamos un coche y nos dimos una vuelta por aquellas tierras fantásticas. Nos marcamos unas pateadas en el parque nacional de Denali, y allí llegó a nuestros oídos que los osos grizzly más grandes del planeta están en la isla de Kodiak, también en Alaska. ¿Para qué íbamos a conformarnos con osos que puestos de pie miden dos metros de nada si podíamos ir a ver a los monstruosos osos de Kodiak?.

O sea que pillamos un nuevo vuelo y a la isla de Kodiak que nos fuimos. Estuvimos buscando pilotos que nos llevaran a ver a los osos, ya que desde el pueblo era poco menos que imposible. Kodiak es una isla enorme y no había más de 30 o 40 km de carreteras, había que ir en avioneta.

Estuvimos preguntando y al final encontramos a un piloto que nos propuso llevarnos a la península de Katmai (¿os suena?) , le venía fenomenal porque ya le habían contratado otra pareja y quedaban dos huecos en su hidroavión.  He de decir que mi inglés dejaba mucho que desear y en realidad cuando contrataba un viaje en avioneta no sabía realmente si había cerrado la vuelta. Pero si me detenía en detallitos no habría aventura, o sea que «Palante como los de Alicante».

Los otros aventureros que venían en la avioneta eran una parejita entradita en años, de unas 75 primaveras aproximadamente. El viaje de ida ya valió la pena por sí solo, sobrevolando ballenas jorobadas (son una especie, no es que estuvieran molestas), y otros especímenes acuáticos.

Fue una chulada cuando el piloto amerizó el hidroavión, me pareció como una peli, de esas en la que todos están felices, y sabes a quién van a escabechar primero porque es el más feliz de todos.

Amerizar, ¡qué gran verbo!, caerse sobre una Mary….¿también será amerizar?.

  Bueno, el caso es que después de estas reflexiones absurdas nos adentrarnos  en un bosque que estaba casi a pie de playa. Me giré hacia la pareja de abuelos y pensé «Si las cosas se ponen feas con los osos, no creo que estos corran más que nosotros», y me sentí seguro, estaban un poco delgados y los osos no tendrían con ellos para mucho rato pero calculaba que tendríamos tiempo de sobra para llegar de vuelta al hidroavión.

Pero después intenté pensar como un oso «¿me conformaría con una presa fácil pero dura y con poco que rascar, o me esforzaría por un premio mejor: dos españoles mucho más tiernecitos?». Que un oso pudiera tener esta reflexión no me tranquilizaba, pero ahí estábamos, caminando hacia la boca del lobo, o mejor dicho hacia la del oso.

Hubo un momento en el que el señor mayor señaló con el dedo arriba y dijo «higou», «higou». Claramente se dirigía a mi, y yo pensé «no sé cómo se dice higo en inglés pero esa sería la forma en que un angloparlante intentaría señalarle un higo a un español». Miré dónde apuntaba su dedo, pero algo no me cuadraba, apuntaba tan alto que ninguna higuera podría tener semejante tamaño.

Entorné un poco los ojos hasta que vi a lo lejos un punto en el cielo, un ave bajaba haciendo círculos, y cuando se acercó más lo vi claro, era un águila, en concreto un águila calva, que es el emblema nacional de Estados Unidos. Me vino un flash de realidad como una bofetada. Yo siempre pensé que «eagle» se pronunciaba «i;gel» o algo parecido, pero «higou»….. ¡no me jodas!. Debían de ser del Minesota profundo y yo allí buscando una higuera, ¡qué vergüenza!, espero que esto no lo esté leyendo nadie.

Un chapoteo me sacó de mi reflexión, allí estaban, una gran manada de osos. Bueno, no sé si manada es la palabra correcta, porque en cuanto a grupos hay una gran variedad de denominaciones. Si son ovejas son un rebaño, si son lobos sí es manada, si son componentes de un coro son un orfeón, pero en cuanto a osos, estaba (y estoy) un tanto perdido.

El caso es que allí estaba esa «asociación» de osos, capturando salmones de la corriente del río, como en los documentales. De hecho aparte de nosotros (y de los osos) había cerca un grupo de humanos con trípodes y cámaras profesionales, filmando lo que parecía que sería un documental. Los osos nos observaban de vez en cuando, nos olfateaban a veces, pero volvían a sus salmones. Creo que si pueden elegir prefieren el salmón. También es verdad que estábamos a finales de septiembre, y sus barrigas a esas alturas debían estar atiborradas de pescado, preparándose para la próxima hibernación. No me habría gustado tener el mismo encuentro con ellos al principio de la primavera, recién salidos de su hibernación con más hambre que el «Lazarillo de Tormes».

Este primer encuentro directo no acabó en tragedia, pero aún nos aguardaban otras aventuras. Resultó que al final sí que había cerrado la vuelta en hidroavión con el piloto, y volvimos a la civilización. Proseguimos nuestras aventuras recorriendo otras zonas de Alaska. Cuando no había necesidad de piloto nos aventurábamos por nuestra cuenta en los bosques, a la caza (fotográfica) del Ursus arctos horribilis, que es el nombre en latín del oso grizzly. Menos mal que acabo de buscar este término y no lo hice entonces…..

Los bosques allí no tienen senderos claros. En aquella época los teléfonos europeos no funcionaban en roaming en Estados Unidos y la orientación en zonas boscosas sin senderos ni carteles lo complicaba todo muchísimo. No es que esperara un cartel que pusiera «Ruta del Cares», pero hombre que lo llamen la última frontera no significa «ahora te jodes».

Me había comprado un GPS en Decathlon, el más barato que había, que iba justito de autonomía. Lo usaba para visualizar la ruta que hacíamos desde el punto de partida, para después poder volver a el coche, porque realmente era difícil orientarse en terreno tan boscoso y tupido.

Llevábamos cascabeles en la mochila,  las guías los recomendaban para ir haciendo ruido al andar y no sorprender así a los osos. Parece ser que los ataques suelen producirse cuando les sorprendes, sobre todo si van con crías.  Si te oyen se suelen esconder. Una señora que nos atendió en una tienda no estaba de acuerdo. Nos dijo que llevarlos era anunciarles la cena. ¡Qué señora tan maja!, se apresuró a cobrarnos por adelantado, mientras nos miraba como si nos quedaran pocas horas de vida.

Un día, durante una de nuestras rutas empezamos a ver muchos excrementos frescos de oso, con frutos silvestres incrustados. Teníamos la impresión de que los osos estaban alrededor pero que no tenían intención de dejaban ver. No hubo manera de verlos, y cuando ya empezó a hacerse tarde decidimos volver al coche siguiendo las trazas de mi super GPS. Susi se dio cuenta ya cerca del coche  de que había perdido su gorra, una super chula que se había comprado el día anterior.

Le hacía tanta ilusión su gorra recién comprada que decidimos volver a buscarla. Mientras deshacíamos nuestros pasos para ver si la encontrábamos se me pasaban por la cabeza un montón de pensamientos: «¿y si encontramos a un oso cerca de la gorra?, ¿seré capaz de acercarme despacio y recuperarla para Susi?, o peor ¿qué haré si un oso la tiene puesta?.

El caso es que al final no encontramos la dichosa gorra, la broma del oso con ella puesta salió varias veces mientras conducíamos de vuelta a la seguridad del pueblo y a su «Alaskan beer», que servían por supuesto bien fría, muy rica.

Y os preguntaréis  por qué os cuento todo esto, o de qué os puede servir a vosotros esta historia. Después de todo este rollo os cuento la moraleja. Durante cualquier  aventura (y vivir es una aventura) los miedos, la incertidumbre y el nerviosismo te acompañan, socavando lo que  deberían ser actividades placenteras: «¿nos perderemos?», «¿y si un oso se nos pone agresivo, qué debería hacer, o no hacer?», «No estoy seguro de si el piloto ha dicho que me lleva a Katmai o al bar «La ostra azul»», etc.

Es difícil dejar de escuchar al diablillo que llevamos dentro y que nos cuestiona cada cosa que hacemos, que nos hace dudar de nosotros mismos constantemente.

Aquí es donde entra en juego el «anclaje», una forma de bloquear ese diálogo interior que casi siempre juega en nuestra contra y nos pone palos en las ruedas. No son los osos, somos nosotros nuestro peor enemigo.

¿Que cómo se realiza el anclaje?, muy fácil, visita esta sesión de mi programa Shangri-Light y lo descubrirás.

Sesión 2. Domando al tigre interior: “Anclaje”

Lee, entiende, practica y ningún oso se te resistirá.

 

 

Tu máximo potencial está a solo un clic de distancia.

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